Observé su reacción, frunció los labios, endureció la mirada y miró hacia otro lado, y cerró los puños, con rabia, le toqué el brazo y lo apartó con brusquedad al notar mi contacto. Ya lo conocía lo suficiente como para saber cuando le molestaba algo, así que le miré a los ojos y pregunté
- ¿Te has enfadado?
Él apartó la cara en un intento de hacerme sentir mal, pero no me desanimé, sabía que sus reflejos y su instinto adolescente le jugaría una mala pasada y me contestaría, mal, pero lo haría
- Piensa lo que quieras
Fingí una mueca de preocupación y molestia por su absurda bordería, mientras me empeñaba en ocultar que estaba encantada por conocerle mejor que él mismo
- ¿Y qué puedo hacer para que no te enfades?
Me fulminó con esos ojos azules tan bonitos que tenía y me espetó
- Haz lo que quieras
Sonreí ante su fastidio y lancé el gancho que sabía que le haría responder
- ¿Y si lo que quiero hacer es darte un beso?
Él torció el gesto y me miró, aunque ya sin hostilidad y tratando de evitar una sonrisita juguetona
- Me cabrearía más
Abrí los ojos con premeditada inocencia
- ¿Por qué?
Sus ojos brillaron con malicia y diversión y yo sonreí incoscientemente en respuesta
- Porque uno solo es insuficiente
Sus brazos me cogieron de la cintura y me hicieron cosquillas y yo me reí, acurrucándome bajo sus brazos y buscando su boca con mis labios, la encontré y una vez más nos fundimos en un abrazo y comprendí, que no me importaba que nos llevásemos esos años, que tuviese reacciones propias de un niño pequeño, un caracter malhumorado e irascible, que tontease con todas y que le gustase la fiesta más que a un niño un chupa-chups, porque en ese instante, solo estábamos nosotros, solo nosotros y eso, superaba con creces cualquier contratiempo...

No hay comentarios:
Publicar un comentario